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lunes, 6 de noviembre de 2023

Cuatro Poemas de Dorothy L. Sayers

 


Los dos primeros de su opera prima: “OP. I.” Oxford, 1916.

Los siguientes editados en “Oxford Poetry 1919”.

 

HIMNO EN CONTEMPLACIÓN DE LA MUERTE SÚBITA.

 

Señor, si esta noche mi viaje termina,

te agradezco primero por los muchos amigos,

los pilares robustos e indiscutibles

que sostienen el puente de mis años.

 

Y luego, por todo el amor que di

a las cosas y a los hombres de este lado de la tumba,

sabiamente o no, ya que puedo comprobar

que siempre hay mucho bien en el amor.

 

Asimismo, por el poder que me diste

de ver el mundo entero con alegría,

por la risa, paráclito del dolor,

como los soles de abril a través de la lluvia.

 

Además porque, no siendo demasiado sabia

para hacer cosas necias a los ojos de los hombres,

gané experiencia en eso,

y vi la vida un poco como es.

 

También por la alegría del trabajo concluido

y las responsabilidades cargadas bajo el sol,

pero no menos por la vergüenza del trabajo perdido,

y la mansedumbre nacida de una jactancia estéril.

 

Por cada cosa bella e inútil

que hace que los hombres interrumpan su trabajo

para mirar y encontrar una “espuela de caballero”

y caléndulas de distinta tonalidad.

 

Por los ojos para ver y los oídos para oír,

por la lengua para hablar y los dedos para sostener,

por las manos para obrar y los pies para andar.

Por la vida, te doy gracias también.

 

Por todas las cosas alegres, curiosas y extrañas,

por el sonido y el silencio, la fuerza y el cambio,

y por último, por la muerte, que sólo da

valor a todo lo que vive;

 

Por todo esto, buen Señor que me hiciste,

alabo tu nombre; ya que, en verdad,

en mi alegría no he tenido escasez

aunque esta fuera mi última noche sobre la tierra.

 

 

ÚLTIMA MAÑANA EN OXFORD.

«Los grandes poetas... no se toman la molestia de idear finales cuidadosos. Así, Homero termina con líneas que bien podrían estar en medio de cualquier pasaje». H. Belloc.

 

No creo que se haya dicho mucho

de solemne réquiem por los buenos años muertos.

 

Como Homero, sin rapsodia atronadora,

cerré el volumen de mi Odisea.

 

Lo que más recuerdo, sobre todo

es la cicuta blanca junto al muro del jardín.

 

 

A FAÓN

Con “aquella eternidad prometida por nuestro inmortal poeta”.

 

¿Por qué vienes al poeta, al corazón de hierro y fuego,

buscando suave abrigo y las pequeñas cosas del deseo,

esperando besos ligeros de labios inclinados al canto?

No doy nada menos que a mí misma ¿soy pequeña cosa acaso?

Yo camino de escarlata y seda a través de las áridas llanuras del infierno,

Y oro fino y rubíes es todo lo que tengo y lo que vendo,

porque soy el orfebre real y mis obras son todas de oro,

y tú vivirás para siempre como un pequeño cuento que se cuenta.

Cuando los reyes hayan pasado y perecido, y el polvo cubra sus nombres,

cuando las altas, inexpugnables ciudades sean solo viento y llamas,

y las insolentes y nuevas naciones se levanten y lean, sabrán

que pequeño, pequeño, señor eras, porque yo te amaba tanto.

 

Nota: Este poema se inspira en la obra de Horacio: Heroides, o Cartas de las heroínas, XV: Safo a Faón (Sappho Phaoni), donde la poetisa Safo se queja al bello Faón de abandonarla. La cita epigráfica, a su vez, hace referencia a la dedicatoria de los sonetos de Shakespeare hecha por su editor al hombre misterioso que habría fungido de fugaz musa para los inmortales versos. A.L.

 

 

SIMPATÍA

 

Me senté y hablé contigo

al parpadeo del fuego y la tiniebla,

haciéndote responder

en tus modos delicados y suaves.

No dejé de repasar

la negra curva de tu cabeza

y la dorada piel de tu garganta

sobre el rojo-dorado del cojín.

Pero todo el tiempo, detrás,

en el taller de mi mente,

la extraña tejedora del destino

iba adelante y atrás

juntando hilo sobre hilo

con lentos dedos decididos:

las cosas que no dijiste

y pensé que no sabías,

las cosas que dijiste hoy

y yo había dicho hace tiempo,

para tejer en un telar maravilloso,

con muy tenues colores,

una cosa curiosa y obstinada…

esa red que llamamos verdad.


jueves, 22 de agosto de 2019

La Celda de Alcuino

¡Oh mi amada celda, dulce morada mía,
para siempre, oh celda mía, te digo adiós!
Por una y otra parte los árboles te ciñen con sus resonantes ramas,
un pequeño bosque de follaje siempre florido.
Todos los prados florecerán con hierbas sanadoras,
que la mano del médico busca para el arte de curar.
Los ríos te rodean con sus floridas riberas,
donde el pescador arroja su red dando voces de alegría.
Desde los huertos, las ramas cargadas de frutos perfuman tus claustros,
y los lirios blancos se mezclan con las pequeñas rosas rojas.
Toda clase de aves cantan las odas matutinas,
y alaban al creador en presencia de Dios.
En ti resonó en otro tiempo la voz nutricia del maestro (1),
que transmitía con su boca sagrada los libros de la sabiduría.
En ti antaño las santas alabanzas del Tonante [Dios]
cantaron pacíficas voces y almas.
A ti, celda mía, te lloro con versos lacrimosos,
y con el corazón gimiente lloro tu caída.
Porque de pronto has huido de los cantos de los poetas,
y una mano desconocida te posee ahora.
Ya no te habitará Flacco (2) ni el poeta Homero,
ni cantarán los niños a las musas sobre tus techos.
Pues todo el esplendor del mundo se deshace de repente
y son trastornadas todas las jerarquías.
Nada permanece para siempre, nada en verdad es inmutable.
La tenebrosa noche oscurece al sagrado día,
una fría súbita tormenta abate las hermosas flores,
y un viento más funesto perturba el plácido mar.
La sagrada juventud que perseguía ciervos en los campos,
se apoya ahora cansada y anciana en su bastón.
¡Pobres de nosotros! ¿por qué te amamos, fugitivo mundo?
Tu siempre huyes de nosotros, corriendo por doquier.
Huyas a donde huyas, amemos siempre a Cristo.
Sostenga siempre el amor de Dios nuestros corazones.
Él defienda, bondadoso, a sus siervos del enemigo,
y arrebate nuestros corazones, que son suyos, al cielo.
Con todo el corazón por igual alabemos y amemos
al que, bondadoso, es nuestra gloria, vida y salvación.


En el 782 Alcuino, que contaba con unos 47 años, fue mandado llamar por Carlomagno para que dirigiera la escuela del palacio en Aquisgran (de lo que resultaría el modelo de la educación occidental casi hasta la actualidad). Alcuino era diácono y había vivido unido a la escuela benedictina de York (aunque no hay indicios de que haya hecho votos, vivió como consagrado). El presente poema expresa la nostalgia por el mundo que está dejando: no sólo su celda de estudio y oración, sino toda York y su vida bucólica.


1 – “La voz nutricia del maestro” se refiere probablemente a su querido maestro y obispo Ælberht, que poco antes de morir dedicó la iglesia de York, inusualmente, a la Santa Sabiduría.

2 – “Flacco” es él mismo, bautizado Flaccus Alcuinus Albinus (aunque por una ambigüedad deliberada también pueda referirse al poeta latino Horacio).


CELLA ALCUINI

O mea cella, mihi habitatio dulcis, amata,
semper in aeternum, o mea cella, vale.
Undique te cingit ramis resonantibus arbos,
silvula florigeris semper onusta comis.
Prata salutiferis florebunt omnia et herbis,
quas medici quaerit dextra salutis ope.
Flumina te cingunt florentibus undique ripis,
retia piscator qua sua tendit ovans.
Pomiferis redolent ramis tua claustra per hortos,
lilia cum rosulis candida mixta rubris.
Omne genus volucrum matutinas personat odas,
atque creatorem laudat in ore deum.
In te personuit quondam vox alma magistri,
quae sacro sophiae tradidit ore libros.
In te temporibus certis laus sancta tonantis
pacificis sonuit vocibus atque animis.
Te, mea cella, modo lacrimosis plango camenis,
atque gemens casus pectore plango tuos.
Tu subito quoniam fugisti carmina vatum,
atque ignota manus te modo tota tenet.
Te modo nec Flaccus nec vatis Homerus habebit,
nec pueri musas per tua tecta canunt.
Vertitur omne decus secli sic namque repente
omnia mutantur ordinibus variis.
Nil manet aeternum, nihil immutabile vere est.
Obscurat sacrum nox tenebrosa diem,
decutit et flores subito hiems frigida pulcros,
perturbat placidum et tristior aura mare.
Quae campis cervos agitabat sacra iuventus
incumbit fessus nunc baculo senior.
Nos miseri, cur te fugitivum, mundus, amamus?
Tu fugis a nobis semper ubique ruens.
Tu fugiens fugias, Christum nos semper amemus.
Semper amor teneat pectora nostra dei.
Ille pius famulos diro defendat ab hoste
ad caelum rapiens pectora nostra, suos.
Pectore quem pariter toto laudemus, amemus.
Nostra est ille pius gloria, vita, salus.

sábado, 29 de diciembre de 2018

La Leyenda de Sigurd y Gudrún y su influencia en la Mitología de Tolkien



Notas sobre “La nueva balada de los völsungos” (Völsungakviða en nýja) y “La nueva balada de Gudrún” (Guðrúnarkviða en nýja) escritas por J.R.R. Tolkien reunidas en un volumen bajo el título de "La Leyenda de Sigurd y Gudrún":


En estas dos obras Tolkien recrea las baladas sobre los völsungos que aparecen en la Edda Poética (llamada también Edda Mayor), fuente principal de la mitología nórdica. Recordemos que él fue catedrático de nórdico antigüo entre 1926 y 1939 en Óxford (después de conseguir la cátedra de anglo sajón en 1925). Además, desde niño, según dice en su ensayo "Sobre los cuentos de hadas": «lo que por encima de todo prefería era el innominado Norte de Sigurd el völsungo y el príncipe de los dragones. Hacia esas regiones miraban con preferencia mis deseos». 

Tolkien sigue a los antiguos poetas eddaicos tanto en su metro, como su tema y estilo. Por eso a veces resulta difícil de comprender. Más que desplegar una secuencia narrativa prefiere capturar "momentos", situaciones, dramáticas y significativas. Es especialmente notable la reescritura del célebre Völuspá donde una vieja adivina canta la génesis y el fin del mundo (Ragnarök) seguido de la esperanza de un renacimiento. Dicha esperanza se basa en la aparición de un «inmortal que ha saboreado la muerte y ya no muerte, matador de la serpiente, semilla de Odín» (Upphaf, 14). La curiosa profecía parece reflejar algunos de los pasajes más misteriosos y debatidos de la Edda Mayor (Völuspá, 45 y Hyngluljód, 44) que muchos supusieron intromisiones cristianas, pero que en esta versión de Tolkien son claramente alusiones a Sigurd, el héroe de la balada (sin desconocer, por otro lado, que Sigurd es seguramente para Tolkien una de las figuras crísticas, semillas del Verbo, precursoras del Evangelium). 

Los que siguen de cerca la mitología personal de Tolkien no podrán evitar encontrar diversos elementos y personajes que, con otros nombres, ropajes e intenciones, poblarán dicha narrativa. Son como piedras de una antigua construcción con las que otro (nuestro autor) creará una una hermosa torre (una obra nueva). Esta alegoría la expuso en su ensayo “Beowulf, los monstruos y los críticos” como referida al autor anglosajón, pero es perfectamente aplicable a él mismo. Como puede suponerse, una mera constatación de este hecho no es realmente significativa, las piedras sueltas no nos dicen nada “realmente” valioso, lo importante es que desde aquella torre "se podía ver el mar". A pesar de ello no creo del todo inútil hacer un breve recuento de estas “piedras” de las antiguas sagas nórdicas que pasaron a formar parte del imaginario tolkiniano. Porque nos muestran que Tolkien, sin dejar de ser un escritor moderno de herencia romántica, es también un digno sucesor de los antiguos escaldas. 

Andvari y Otr parecen inspirar la figura de Gollum cazando peces para comer (tanto en su primera aparición en El Hobbit, como en el capítulo “El Estanque Vedado” de E.S.d.l.A.): «Las cascadas de Andvari / rebullían y murmuraban / rebosantes de peces / en los espumosos estanques. / Como barbo allí nadaba / en busca de presa, / el enano Andvari / surgido de su oscura caverna. // Allí cazaba el hambriento / retoño de Hreidmar: / los salmones plateados / dulces le parecían. / En forma de nutria / comía Otr parpadeando, / pensando en la orilla / de aguas negras» (Andvara-gull, 2 y 3). Incluso podemos ver las animalescas comparaciones con que se reviste siempre la figura de Gollum (aunque en el caso del mito nórdico Otr –cuyo nombre significa “nutria”- realmente se transformaba en una).

Andvari, negándose a entregar el anillo y maldiciéndolo, refleja la avaricia que corroe tanto a Gollum como a Bilbo tras haberlo poseído mucho tiempo: «Loki: -¿Qué oculta tu mano / que se ahueca de esa forma? / Andvari: -El anillo es pequeño... / ¡déjalo quedar conmigo! / Loki: -¡Todo, Andvari, entrégalo todo, / anillos livianos y pesados, / o la vida misma! // (El enano habló sombrío / desde su piedra excavada:) / Andvari: -¡Mi anillo maldeciré / con miseria y penalidad!» (Andvara-gull, 9 y 10). La misma avaricia aparece en Hreidmar que no quiere compartir su tesoro con sus hijos y en Fáfnir que lo asesina (tras lo cual se transforma en dragón): «Hreidmar: -Los anillos enlazados / tendré yo solo / ¡mientras yo siga con vida / no me dejarán nunca! // El corazón de Fáfnir / ferozmente dolía; / a Hredimar mató / dormido en su casa. / El corazón de Fáfnir / como un fuego arde: / ni parte ni porción / le paga a Regin. // Con aspecto de dragón / oscuramente yace: profundas mazmorras, y no conoce el miedo» (Regin, 12 y 13).

Fafnir, el “príncipe de los dragones” como lo llamó Tolkien, está en la génesis de varios dragones que pueblan el mito tolkiano, pero especialmente en la de Glaurung (por otra parte, en "Beowulf, los monstruos y los críticos" dice que Fafnir es el único dragón significativo -si se deja de lado el inmenso e impreciso Miðgardðsormr, que rodea el mundo-). Su astucia y malicia se vierten en cada una de sus palabras. Sigurd y Túrin los matarán recurriendo al mismo expediente: atacar su vientre desguarnecido cuando éste se desliza sobre una brecha en la roca. «El vientre negro / curvo y retorcido / sobre el oculto hueco / colgaba y resbalaba. // Gram fue empuñada; / resonando sombría / en la vetusta roca / su corazón perforó» (Regin, 27 y 28). 

El árbol blanco, símbolo de la dinastía real de Gondor, que crece en el atrio del palacio de Minas Tirith, puede tener un antecesor en el árbol que sostiene la casa de Völsung (y representa también el esplendor y decadencia de la “casa” o dinastía völsunga): «Un árbol allí se alzaba / alto y enramado, / sostenía esa casa, / el asombro del salón; / sus hojas sus tapices, / sus ramas vigas, / su poderoso tronco / en el centro se alzaba» (Signý, 4). «¡Los hombres descubrieron que aún vivía / el linaje de Völsung! / (...) / Pero la casa antaño alta / esatba hundida, sin techo; / las ramas se pudrían / en su árbol frondoso» (Gudrún, 27).

Mirkwood, el Bosque Negro, llamado Myrkviðr en la Edda Mayor, es como en la Tierra Media, la gran frontera que separa los pueblos libres de los grandes tiranos (Atli = Atila) del Este. «Junto al poderoso Mirkwood / en las marcas del Este / los grandes reyes godos / gobernaban con gloria. / Junto a las orillas del Danpar / era terrible la guerra / con las huestes de los hunos, / incontables jinetes» (Gudrún, 14). En esto coincide también la "Saga de Hervor", donde se dice «ese bosque llamado Mirkwood, que separa Hunland de Gothland» (c. 13). En cuanto al río Danpar suele asimilarse al río Dniéper que desemboca en el Mar negro y quizá sea inspiración para el Anduin, aunque lo mismo y quizá con más propiedad simbólica podría decirse del Danuvio, la gran frontera del Imperio Romano además del Rhin, pues la raíz indoeuropea "dan" (río) les es común (y aparece en muchos ríos desde Gran Bretaña hasta Rusia y Ucrania).

Odín recorre la historia entrando y saliendo de escena, siempre misterioso, interviniendo de formas significativas. Se hacer llamar Grímnir (el Enmascarado) y jamás se revela su verdadera identidad. Sin pasar por alto las numerosas diferencias, es uno de los antecedentes de Gandalf como personaje clave, yendo y viniendo para influenciar en el cumplimiento de la misión y destinos de los personajes. «Llega la noche lánguida; / surge el viento; / se abren las puertas, / el estruendo se silencia. / Allí entra un hombre, / de oscura capa, / hirsuta la barba, / grande y anciano» (Signý, 12). 

No podemos dejar de mencionar al gris Grani, el caballo de Sigurd, que desciende de Sleipnir el corcel de Odín, y es el caballo más poderoso. De él debió descender también el Sombragris de Gandalf, que a su vez descendía del mítico Felaróf de Eorl, que conocía el lenguaje de los hombres. «Del semental de Sleipnir, / corcel de Odín, / fue engendrado este caballo, / el más veloz, el más fuerte. / ¡Cabalga ahora! ¡Cabalga ahora! / ¡Rocas y montañas, / caballo y héroe, / esperanza de Odín!» (Regin, 24). ¿Cómo no sentir la emoción heroica de ese grito reflejada también en el “Noro lim, noro lim, Asfaloth!” con que se anima a correr a otro caballo célebre en el capítulo “Huyendo hacia el vado” de E.S.d.l.A.?

El amor incestuoso de Túrin y Nienor tiene su antecedente en el amor fugaz entre Sigmund y Signý, del que resultará el nacimiento de Sigurd. «Hermano y hermana / en una cama yacían, / ¡breve amor, amargo, / mezclado de repulsa! / Responde, habitante de la tierra, / ¿en tus brazos quién yace, / helada, encantada, / cambiada, con forma de elfa?» (Signý, 31). Por lo demás, el triste final de Gudrún semeja casi en todo el de Nienor: «En las olas se arrojó, / las olas la tomaron; / en las pálidas aguas / se ahogó su pena» (Guðrúnakviða en nýja, 165).

Aunque no parece tan seguro, la vida de proscrito de Túrin puede ser precedida de un pasaje similar en la vida de Sigmund y Sinfjötli: «Mucho vagaron, / envueltos en piel de lobo, / a hombres mataron, / a hombres robaron. / De día dormían / en oscura caverna / tras temibles hechos / de muerte en Gautland» (Signý, 36).

El “regalo de Grímnir”, es decir, la espada que Odín clavo en el árbol para que la retirara el mejor guerrero (probablemente el origen de la leyenda de Excalibur-en-la-piedra) tiene también su lugar en la nueva mitología de Tolkien. En primer lugar porque se trata de la herencia que pasará de Sigmund a Sigurd, mediante una reconstrucción, tal como los restos de la espada rota de Elendil, llamada Narsil se refundirán en una nueva espada llamada Anduril. Uno de los nombres escáldicos para espada es “llama” (así aparece varias veces en La nueva balada...), de ahí también el nombre de Narsil, que significa en sindarin “Llama del Oeste”. «Del regalo de Grímnir / guarda los framentos; / de los pedazos se formará / una brillante espada.» (Fœddr Sigurðr, 13). «Sigurd: -Sigrlinn, dime, / ¿la verdad se me dijo, / sobre los brillantes fragmentos / de la espada de Grímnir? / El hijo de Sigmund / los busca ahora... / ¡ahora a Gram Regin / sin engaños me forja! // La forja crepitaba, / ardía el fuego: / un acero le trajeron / de filos azules; / aleteaban con las llamas, / mientras destellaba cantando: / el yunque hendido / resonaba con fuerza» (Regin, 18 y 19).

Se habrá notado el curioso detalle de los “filos azules”, que parece ser evocado con fuerza de imagen mitológica en la luz azul que el acero élfico produce en la proximidad de los orcos. No parece improbable que los versos que expresan la idea del fulgor de la espada blandida en tiempo de guerra haya terminado produciendo aquella otra más mágica: «Siempre el regalo de Grímnir / brillaba en tiempo de guerra» (Dauði Sinfjötla, 3). Algo parecido podríamos decir respecto a la escena donde Sigmund enfrenta a Odín y éste lo derrota rompiendo la hoja de su espada. El poeta dice que la espada «cantó ante Odín... y cantando se quebró» (Fœddr Sigurðr, 8 y 9). Lo que nos recuerda a la espada Anglachel de Túrin que le habló antes de que se quitara la vida.

El viaje final (¿hacia el Oeste?), el viaje de la muerte, que aparece con tantísima frecuencia en la literatura tanto celta como nórdica, tiene también su expresión aquí, en el momento en que Sigmund entrega el cuerpo sin vida de su hijo Sinfjötli al misterioso barquero (no es otro que Odín) que lo transportará al Valhöll (El Palacio de los Caídos): «Henchido de pena / Sigmund lo alzó, / en sus brazos lo cogió: / salió fuera. / Por bosques y espesuras / hasta las olas espumosas / sin rumbo vagó / hasta las olas rugientes. // Barquero:- “¿Qué te trae / con tan pesad carga? / Mi barca está preparada / para llevarla”. Un hombre allí llegó / de oscura capa, / encapuchado y vetusto / grande y horrible. // Solo estaba Sigmund / junto al borde de la tierra...» (Dauði Sinfjötla, 11-13).

Finalmente mencionemos que así como el espíritu de Sigurd aguardará en Valhöll hasta la llegada del Ragnarök, cuando pueda volver a luchar y realizar la redención del mundo (cf. la teoría de Tolkien sobre el Evangelium previsto en los mitos), del mismo modo se dice de Túrin que su espíritu aguardará en las Estancias de Mandos hasta que llegue la Última Batalla (Dagor Dágorath) y pueda vengar a los hijo de Húrin dando muerte a Melkor, encarnación del mal. «Así pronto llegó Sigurd / portando la espada / al alegre Valhöll / para saludar a Odín. / Allí festeja / a la vera de su padre, / esperando la Guerra, / el elegido del Mundo. // (...) // En el día del Juicio / se alzará inmortal / quien saboreó la muerte / y no muere más, / matador de la serpiente, / semilla de Odín: / no todo terminará, / ni perecerá la Tierra» (Deild, 78 y 80).


lunes, 10 de septiembre de 2018

Introducción a la lectura de la "Divina Comedia" de Dante Alighieri

Cuatro charlas a cargo del Cngo. Alexis Louvet (Santa Fe, Argentina) que nos introducen a la lectura de la obra literaria y espiritual más significativa del cristianismo: la "Divina Comedia". Con una primera parte sobre la "Vita Nuova", obra de juventud de Dante, que nos proporciona la clave de lectura de la obra mayor.
VIDA NUEVA:
 
INFIERNO:
PURGATORIO:
PARAÍSO:

domingo, 2 de septiembre de 2018

"Beowulf" como espejo de "El Señor de los Anillos"

Traigo a la consideración de los lectores algunos fragmentos del ensayo de Tolkien "Beowulf: los monstruos y los críticos" (1936). Es notable que los aspectos más resaltado por Tolkien en el antiguo poema anglosajón son los mismos que guiarán sus pasos en la creación de su propia obra capital, "El Señor de los Anillos". Al leer estos párrafos sobre el poeta anónimo del Beowulf, uno se siente tentado a aplicarlos naturalmente a Tolkien como poeta y autor. Los mismos temas de fondo (la mortalidad), el mismo espíritu (la nostalgia), y algunos recursos compartidos (como la creación de la sensación de una profundidad de campo mediante alusiones a antiguos textos y tradiciones).


«Aún podemos ver al hæleð caminar por su escenario, decorado con tapices tejidos con antiguos relatos de ruina. Al leer su poema como tal, en vez de como una colección de episodios, nos damos cuenta de que quien escribió hæleð under heofenum [héroes bajo los cielos] pudo haber querido decir en términos de diccionario “héroes bajo el cielo”, o bien “hombres benditos sobre la tierra”, pero él y sus oyentes estaban pensando en el eormengrund, la gran tierra cercada por el garsecg, el mar sin orillas, bajo la inalcanzable bóveda celeste; y sobre esa tierra, como si estuvieran en un pequeño círculo de luz, unos hombres, con su valentía como único sostén, se lanzaban a la batalla contra el mundo hostil y la semilla de la oscuridad, que termina para todos –incluso para reyes y campeones- en derrota. (...) 

Beowulf no es, por lo tanto, el héroe de una balada heroica precisamente. No tiene lealtades enfrentadas ni un amor desventurado. Es un hombre, y eso para él y para muchos otros es suficiente tragedia. No se trata de un accidente irritante el que el tono del poema sea tan elevado y su tema algo tan pegado a la tierra. Es el tema en su seriedad suprema lo que engendra la dignidad del tono: lif is læne: eal scæceð leoht and lif somod [la vida se desvanece: todo pasa, la luz y la vida a una]. Tan absoluto e ineluctable es el pensamiento subyacente que, a aquellos que en el círculo iluminado, en el interior del castillo sitiado, permanecen absortos en el trabajo o en la charla sin mirar a las almenas, ni les importa ni les sobrecoge. (...)

Un cristiano era (y es) todavía como sus antepasados, un mortal cercado en un mundo hostil. (...) La tragedia de la gran derrota temporal persiste por un momento, punzante, pero finalmente deja de ser importante. No es derrota, puesto que el fin del mundo es parte del plan de Metod, el Árbitro que está por encima del mundo mortal. Más allá se atisba una posibilidad de victoria eterna (o eterna derrota), y la batalla real se plantea entre el alma y sus adversarios. (...)

Su autor [del Beowulf] aún está ocupado principlamente por el asunto del hombre sobre la tierra, retomando desde una nueva perspectiva un tema antiguo: ese hombre, cada hombre y todos los hombres, y todas sus obras, perecerán. Un tema que ningún cristiano debe despreciar. (...) El hombre, un extraño en un mundo hostil, envuelto en una lucha que no puede ganar mientras el mundo exista, recibe la certeza de que sus enemigos lo son también de Drythen [el Capitán = Dios]; de que su valentía, noble en sí misma, es a la vez la más elevada lealtad: así lo dijo el único y sabio. (...)

En el Beowulf tenemos, así pues, un poema histórico sobre el pasado pagano, o bien un intento de crear uno. (...) Es un poema obra de un hombre letrado que escribe sobre tiempos antiguos; que, mirando hacia el heroísmo y la pena, siente en ellos algo permanente y simbólico a la vez. (...)

Beowulf no es un cuadro real de la Dinamarca, la Gautlandia o la Suecia históricas de alrededores del año 500, sino que es... desde una perspectiva general, un cuadro coherente, una construcción que exhibe claramente las marcas de un diseño y un pensamiento. Como conjunto, debió de conseguir crear admirablemente en la mente de los coetáneos del poeta la ilusión de que levantaba el velo de un pasado pagano pero noble, y cargado de una profunda significación, un pasado que poseía él mismo una profundidad y que se perdía en el tiempo, en una oscura antigüedad de dolor. Esta sensación de profundidad es un efecto y una justificación del empleo de episodios y alusiones a antiguos relatos, en su mayoría más oscuros, más paganos y desesperados que el ofrecido en primer plano. (...)

Beowulf no es poema “primitivo”; es un poema tardío, que emplea los materiales... que se conservaban de una época que estaba pasando, de un tiempo que ahora se ha desvanecido para siempre, tragado por el olvido. (...) Es antiguo para nosotros; y no obstante su creador estaba hablando de cosas ya antiguas y cargadas de añoranza, y empleó todo su arte para conseguir que ese toque de profunda tristeza que embarga el corazón, punzante y lejana, se hiciera más intenso.»


viernes, 31 de marzo de 2017

Salir con Cristo del Laberinto



«Efectivamente, como los que, hallándose sin poder atravesar los recovecos de los laberintos, si dan con una persona experta en los mismos y la siguen en su marcha hacia atrás consiguen atravesar las complicadas y engañosas revueltas del edificio, y no lograrían atravesarlas si no fueran siguiendo las huellas del que guía, así también tú, piensa que el laberinto de esta vida sería imposible de atravesar por la naturaleza humana, si no se tomara el mismo camino por el cual salió del encierro el que estuvo en él.

Laberinto llamo, en sentido figurado, a la prisión sin salida de la muerte, donde fue encerrada la desventurada humanidad. Así pues, ¿qué hemos contemplado en el autor de nuestra salvación? Estado de muerte durante tres días, y vida nuevamente. Por tanto tenemos que imaginarnos también en nosotros algo semejante...»

San Gregorio de Nisa: La gran catequesis (XXXV,3 y 4)