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lunes, 6 de noviembre de 2023

Cuatro Poemas de Dorothy L. Sayers

 


Los dos primeros de su opera prima: “OP. I.” Oxford, 1916.

Los siguientes editados en “Oxford Poetry 1919”.

 

HIMNO EN CONTEMPLACIÓN DE LA MUERTE SÚBITA.

 

Señor, si esta noche mi viaje termina,

te agradezco primero por los muchos amigos,

los pilares robustos e indiscutibles

que sostienen el puente de mis años.

 

Y luego, por todo el amor que di

a las cosas y a los hombres de este lado de la tumba,

sabiamente o no, ya que puedo comprobar

que siempre hay mucho bien en el amor.

 

Asimismo, por el poder que me diste

de ver el mundo entero con alegría,

por la risa, paráclito del dolor,

como los soles de abril a través de la lluvia.

 

Además porque, no siendo demasiado sabia

para hacer cosas necias a los ojos de los hombres,

gané experiencia en eso,

y vi la vida un poco como es.

 

También por la alegría del trabajo concluido

y las responsabilidades cargadas bajo el sol,

pero no menos por la vergüenza del trabajo perdido,

y la mansedumbre nacida de una jactancia estéril.

 

Por cada cosa bella e inútil

que hace que los hombres interrumpan su trabajo

para mirar y encontrar una “espuela de caballero”

y caléndulas de distinta tonalidad.

 

Por los ojos para ver y los oídos para oír,

por la lengua para hablar y los dedos para sostener,

por las manos para obrar y los pies para andar.

Por la vida, te doy gracias también.

 

Por todas las cosas alegres, curiosas y extrañas,

por el sonido y el silencio, la fuerza y el cambio,

y por último, por la muerte, que sólo da

valor a todo lo que vive;

 

Por todo esto, buen Señor que me hiciste,

alabo tu nombre; ya que, en verdad,

en mi alegría no he tenido escasez

aunque esta fuera mi última noche sobre la tierra.

 

 

ÚLTIMA MAÑANA EN OXFORD.

«Los grandes poetas... no se toman la molestia de idear finales cuidadosos. Así, Homero termina con líneas que bien podrían estar en medio de cualquier pasaje». H. Belloc.

 

No creo que se haya dicho mucho

de solemne réquiem por los buenos años muertos.

 

Como Homero, sin rapsodia atronadora,

cerré el volumen de mi Odisea.

 

Lo que más recuerdo, sobre todo

es la cicuta blanca junto al muro del jardín.

 

 

A FAÓN

Con “aquella eternidad prometida por nuestro inmortal poeta”.

 

¿Por qué vienes al poeta, al corazón de hierro y fuego,

buscando suave abrigo y las pequeñas cosas del deseo,

esperando besos ligeros de labios inclinados al canto?

No doy nada menos que a mí misma ¿soy pequeña cosa acaso?

Yo camino de escarlata y seda a través de las áridas llanuras del infierno,

Y oro fino y rubíes es todo lo que tengo y lo que vendo,

porque soy el orfebre real y mis obras son todas de oro,

y tú vivirás para siempre como un pequeño cuento que se cuenta.

Cuando los reyes hayan pasado y perecido, y el polvo cubra sus nombres,

cuando las altas, inexpugnables ciudades sean solo viento y llamas,

y las insolentes y nuevas naciones se levanten y lean, sabrán

que pequeño, pequeño, señor eras, porque yo te amaba tanto.

 

Nota: Este poema se inspira en la obra de Horacio: Heroides, o Cartas de las heroínas, XV: Safo a Faón (Sappho Phaoni), donde la poetisa Safo se queja al bello Faón de abandonarla. La cita epigráfica, a su vez, hace referencia a la dedicatoria de los sonetos de Shakespeare hecha por su editor al hombre misterioso que habría fungido de fugaz musa para los inmortales versos. A.L.

 

 

SIMPATÍA

 

Me senté y hablé contigo

al parpadeo del fuego y la tiniebla,

haciéndote responder

en tus modos delicados y suaves.

No dejé de repasar

la negra curva de tu cabeza

y la dorada piel de tu garganta

sobre el rojo-dorado del cojín.

Pero todo el tiempo, detrás,

en el taller de mi mente,

la extraña tejedora del destino

iba adelante y atrás

juntando hilo sobre hilo

con lentos dedos decididos:

las cosas que no dijiste

y pensé que no sabías,

las cosas que dijiste hoy

y yo había dicho hace tiempo,

para tejer en un telar maravilloso,

con muy tenues colores,

una cosa curiosa y obstinada…

esa red que llamamos verdad.


jueves, 3 de marzo de 2022

Tu Marcellus eris (Eneida VI, 883)

 

Virgilio leía sus propios versos encendido de un fuego que combatía en su rostro y en su corazón contra la vergüenza natural y el sentimiento de humildad que lo embargaba cada vez que estaba en presencia del emperador. Augusto quería que le recitase lo que iba componiendo. Los borradores de aquella obra que duraría más que los mármoles y los bronces. La Eneida. Virgilio trabajaba en ella con un esfuerzo que lo iba agotando. La altura que pretendía escalar le parecía cada vez más abrupta y, quizás, imposible. Sin embargo, los que lo escuchaban, afirmaban que aquellos versos no eran humanos, que un dios hablaba desde el corazón del poeta. Aquellos versos estaban llenos de valentía y de brillo, de oscuridad y de pena, de amor y de esperanzas. El que escuchaba esos versos descubría, quizás por primera vez en la vida, lo que era ser un romano. Lo que era tener un alma latina. Lo hacía sentirse a uno orgulloso y comprometido con la obra que el destino había dispuesto: restaurar la edad de oro, alcanzar una paz duradera.

 

Esa noche acompañaban al emperador su hermana Octavia y su esposa Livia. Octavia había sacrificado mucho en su vida por la paz de Roma. Pero su mayor pérdida era la de su hijo Marcelo, que a los diecinueve años había partido hacia los Campos Elíseos, con las almas de sus antepasados. Algunos historiadores insinuarán después que fue Livia quien se encargó de envenenarlo para promover a su hijo Tiberio como favorito del emperador. Porque Marcelo había ido creciendo como una promesa que llenaba de ilusiones a todos. Nobles y plebeyos. Hasta que llegó la muerte. Y se cortó el hilo de las parcas.

 

Virgilio había elaborado un raro tapiz de sílabas, metros y cadencias. Como en un espejo profético su poema significaba muchas cosas y ninguna más que él mismo. Hablaba del pasado de Roma, pero allí mismo estaba hablando de su futuro. De los deseos de Augusto, pero también del campesino romano, y del legionario. Eneas, el piadoso protagonista de la obra, desciende a la morada de los muertos y escucha de su propio padre la profecía del futuro de su raza y de su pueblo. Puede ver las almas que están esperando nacer. Y hay allí un espíritu joven, lleno de virtudes, del que se dice que encarnará gloriosas promesas para Roma y el mundo. Se habla de él con esperanza, y con una nota de tristeza. Virgilio lee sus propios versos como si no los hubiese escrito él, sino una de las antiguas sibilas. Todos están pendientes de la cadencia armoniosa y brillante de su voz. Como si fuese una orquesta entera y no un hombrecito flaco armado sólo de un pergamino y palabras.

 

Entonces ocurrió: el poeta pronunció el nombre de aquella alma que concitaba tantas ilusiones: “Heu, miserande puer! Si que fata aspera rumpas, / tu Marcellus eris” (¡Ay, triste niño! Si rompes el cerco de los negros hados / tú serás Marcelo). Y Octavia, la madre, sintió que perdía la vida. Se le cortó el aliento y por unos segundos se le paralizó el corazón. El emperador detuvo la lectura. Virgilio por un momento no comprendió lo que pasaba. La mirada de Livia era inexpresiva, pero quizás estuviese un poco asustada. Por un instante la poesía había hecho su magia. Había resucitado al muchacho tan amado y temido. Había hablado de él no en tiempo pasado, sino en tiempo futuro. Lo había colocado de nuevo en la región de la esperanza.

 

Eso es lo que hará siempre grande la poesía de Virgilio. Hace nacer las esperanzas allí donde todo parece muerto. Y hace de derrotados fugitivos, como Eneas y sus compañeros, constructores de nuevas ciudades. Ya no somos romanos, pero una voz sigue hablándonos en esos versos. Haciendo su milagro. Aquella noche el poeta regresó silencioso a su casa, caminando lentamente bajo el rocío. Estaba en paz. Seguiría poniéndose nervioso delante de Augusto, pero estaba en paz. Había comprendido que, aún con todo el esfuerzo invertido, era simplemente un escriba de Otro.

 

A.L.

 

lunes, 29 de julio de 2019

Ellos también giran

Pieter Bruegel: Danza en boda campesina, c.1607

Ellos también giran
(de Paul Mariani)

En “Cuadros de Brueghel” de Williams (1) giran
y giran, esos campesinos aporreando el suelo
con sus zuecos y sus botas al son
de los violines y sacabuches. Cierto, nada profundo

hay allí, solo una divertida danza de verano con
robustos varones y hembras, rostros sudorosos captados
en un momento a la vez cómico y triste. Pero no nos hemos pensado
con nuestras propias vidas dando vueltas y vueltas

en el tiempo, rodando, rondando, la mano izquierda unida
a la derecha, hasta parecerse a la rueda de las estrellas
en su propia solemne danza circular, oscilando
como un corro alrededor de un invisible árbol de mayo, en su centro

una bendita danza anular, tal como Fra Angelico
revela en su “Juicio” (2): ese coro angélico contemplando dentro
de tu alma, así como otros levantan la mirada hacia el brillo radiante
del momento de la gran mudanza, ahora y para siempre, lara-lara-lo.

¿Recuerdas la Vuelta al Mundo de las Tullerías (3), largos años
atrás? ¿El miedo que sentías al mirar abajo en la oscuridad? ¿O el bloqueo
de tu volante, como si lo hubiese aferrado un ángel, cuando aquel auto
se dirigía hacia ti antes de que de alguna manera se desviara? ¿El puro

terror de ese momento, y luego el pasmo y el alivio? ¿O el camión
que se abrió paso hasta el auto de tu pobre madre, y el horrendo ruido
cuando aplastó su puerta? ¡Oh Dios, la ronda de los días, destinados
al olvido, las horas y los minutos girando y girando,

recordándonos diariamente lo que debe venir al final. Timor
mortis conturbat me (4), canta la vieja canción, repitiendo el miedo
que envuelve y desenvuelve. ¡Ah, pero mira! Mira hacia donde alzan la vista:
esos bienaventurados, danzando y girando en el círculo de la alabanza.

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1. “Cuadros de Brueghel” es un poemario de William Carlos Williams (premio Pulitzer 1962) inspirado en los cuadros del gran pintor flamenco del siglo XVI.

2. El “Juicio” de Fra Angelico, se refiere a la representación del Juicio Final que pintó en el siglo XV el célebre dominico Beato Fray Angélico en Florencia.

3. La Vuelta al Mundo (la Grande Roue -rueda o noria-) de las Tullerías, se refiere a la atracción emplazada en la Plaza de la Concordia, en Paris.

4. Timor Domini corturbat me (el temor del Señor me turba) es una frase del oficio de difuntos. Aparece también en el “Lamento de Makaris” de William Dunbar c. 1505 (probablemente es la “vieja canción” a la que se refiere el poema de Mariani) que evoca la danza macabra o danza de la muerte, y lleva por estribillo la expresión en cuestión.

Fra Angelico: Juicio final (detalle), 1425-1430

They Too Go Round
(Paul Mariani)

In Williams’ Pictures from Brueghel they go round
and around, those peasants pounding the ground
with their clogs and their boots to the sound
of the fiddles and sackbuts. True, nothing profound

there, just a rollicking midsummer dance with the stout-
rumped male and female, those suds-sodden faces caught
in a moment both comic and sad. But haven’t we all thought
of ourselves our own lives circling round and about

in time’s turning, atuning, aturning, left hand
and right reaching out in a wheel like the spheres
in their own solemn round dance, pivoting round
like wheels circling some invisible maypole, at its center

a ringdance of the blessèd, the way Fra Angelico
reveals in his Judgment, that angelic choir gazing as if into
your soul as others gaze upward, the radiant glow
of that sea-changing moment, now and forever, hoy hoya ho.

Remember the wheel at the Tuileries those long years
ago? The fear as you stared down into the dark? Or your steer-
ing wheel locking, as if gripped by some angel, that car
heading for you before it somehow veered off? The sheer

terror of that, then the awe and relief? Or the truck pound-
ing its way into your poor mother’s car, the sick sound
as it shredded the door? Oh God, the round of the days, each bound
for oblivion, the hours and minutes going round and around,

reminding us daily of what must come in the end. Timor
mortis conturbat me, sings the old song, replaying the fear
that winds and unwinds. Ah, but look! Look as upward they gaze:
those blessèd, dancing round and around in that circle of praise.